Ser bueno no es lo mismo que ser obediente

Por Pax Dettoni (Antropóloga, experta en Educación Emocional y creadora de “En Sus Zapatos”. Directora de la Asociación Teatro de Conciencia).

Los tiempos que corren no son fáciles, como bien sabemos, y nos están llevando a poner en el centro la tecnología, cosa que está muy bien porque nos permite seguir construyendo vínculos y relacionándonos a pesar de las circunstancias. Por ejemplo, en el mundo de la educación y la formación del profesorado encontramos todo tipo de cursos que nos preparan para ser más eficientes con el uso de las TIC y sus diferentes programas, formaciones útiles por supuesto. Sin embargo, es importante que además siga habiendo una oferta formativa relacionada con lo intrínsicamente humano, que siga dándonos herramientas para asegurar una educación integral de los niños y las niñas – y más en estos momentos-.

Una educación integral de los niños y las niñas significa velar para que aprendan también habilidades personales que les permitan convivir consigo mismos y con las otras personas de forma armónica. Además de velar para educarles en los conocimientos que les permitirán ser personas competentes y hábiles en el mundo y específicamente en el mercado de trabajo en un futuro.

Es decir, la educación integral de los niños y niñas pretende no solo formar a los menores para que el día de mañana sean buenos trabajadores – en el formato que sea- sino también que sean buenas personas.

Son muchos los padres y madres que he escuchado diciendo, ‘’yo, lo que más quiero es que mi hijo o mi hija sea una buena persona’’.  Y confieso, que a mí me enternece ver esa voluntad genuina que tiende a la bondad.  Y atención que la bondad no es obediencia. La bondad es la inclinación a hacer el bien.  Si os parece propongo esta definición para el bien:  son aquellas acciones que no nos perjudican o hacen daño a nosotros mismos, ni a las otras personas, ni a los otros seres vivos, tampoco a los objetos o espacios valiosos para nosotros o las otras personas, sino todo lo contrario, son las acciones que promueven en nosotros y en el resto el bienestar.  Por tanto, si tenemos desarrollada esta inclinación a hacer el bien probablemente nuestra convivencia con nosotros mismos y con las otras personas sea armónica. Así que podremos asumir que la bondad puede ser una condición para la paz.

Probablemente, a estas alturas ya sabemos que la bondad o la inclinación a hacer el bien no se da siempre de forma natural y espontánea. Aunque algunas veces sí, otras tenemos que hacer un trabajo interior para que así sea, y otras simplemente nuestra acción no tiene esa inclinación al bien.  En los niños y niñas pasa exactamente lo mismo, pero teniendo en cuenta que ellos no tienen el grado de conciencia que da la edad adulta, lo que significa que su comportamiento espontáneo delante de todas las situaciones cotidianas no siempre tenderá a esa inclinación hacia el bien,  por ello a los niños y niñas no podremos exigirles que así sea, sino que debemos educarles para que libremente la escojan.

¿Y cómo se hace? Sí, creo que algunos ya sabéis la respuesta: con nuestro modelo, con nuestro ejemplo. Los niños y niñas aprenden más de lo que ven en nosotros, es decir de nuestras acciones, que de nuestras palabras o ‘’sermones’’.

Por tanto, nos podríamos preguntar ¿cómo de frecuente es nuestra inclinación a hacer el bien?

O, lo que es lo mismo:

-¿Soy consciente de lo que siento?

-¿Cómo gestiono mi rabia? ¿mi miedo? ¿mi tristeza? ¿mi alegría?

-¿Cómo me hablo a mí misma delante de las dificultades o los problemas?

-¿Me pongo en los zapatos de mi hijo, hija, o alumno, alumna? Y ¿En los zapatos de los otros adultos? ¿Los ayudo cuando los veo en dificultad?

-¿Cómo resuelvo mis conflictos? ¿pasivamente? ¿agresivamente? ¿o busco la asertividad?

-¿Reparo el daño cuando me doy cuenta de que lo he hecho?

-¿Pido perdón al tomar conciencia de que he hecho daño a alguien?

-¿Doy perdón cuando me hacen daño, me lo pidan o no?

Quizás algunas preguntas son fáciles de responder mientras nos las hacemos y otras nos requerirían de un poco de reflexión y autoobservación.

El tipo de respuesta que nos demos a estas preguntas nos hablará de nuestro alfabetismo emocional.

Igual que aprendemos a leer y escribir letras, es importante también aprender a leer a y escribir emociones si queremos educarnos y educar en esta inclinación a hacer el bien sobre la que venimos reflexionando.

La alfabetización emocional es el proceso mediante el cual nos educamos a identificar nuestras emociones y después a gestionarlas, así como a desarrollar la empatía, la asertividad y la capacidad de llegar a acuerdos beneficiosos para ambas partes a la hora de resolver los conflictos. Primero lo haremos con nosotros mismos como adultos, después estaremos en grado de alfabetizar a nuestros menores.

Lamentablemente todavía, la alfabetización emocional no es una materia obligatoria curricular para los niños y las niñas en las escuelas, ni de los docentes en las universidades.  Lo que no quita que haya hoy muchos centros de formación permanente del profesorado que ofrecen formación en educación emocional y muchos docentes formados que la aplican en sus centros, así como muchos centros educativos que la adoptan como eje central.

También muchas familias que se forman y son conscientes de la educación emocional de sus hijos e hijas. Y gracias a estas iniciativas la educación poco a poco avanza hacia un mayor compromiso con la Persona, un mayor compromiso con lo Humano y por supuesto un mayor compromiso con un futuro bondadoso, que no es por tanto, un futuro obediente.

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